Los premios GAUDÍ, la película BLANCANIEVES y el tonto de USSÍA.

12 Ene

Rápido y veloz, el inefable Ussía, escribió un artículo en La Razón titulado “EL GAUDÍ” mofándose de la nominación a los Premios de la Academia Catalana de un película muda…

El mismo día que una academia española también nominaba esa misma película.
Todo muy parecido al trato que recibió The Artist en los premios OSCAR.

¿DÓNDE ESTÁ LA DIFERENCIA PUES? En el odio, está claro que todo el mundo se ha sacado su careta y muestra sin pudor su repulsión ante todo lo que sea catalán.
Ya puestos a criticar, el artículo, encuentra incongruente que los premios lleven el nombre Gaudí, en cambio el de Goya debe ser de lo más lógico…

¿QUÉ HACER DELANTE DE TANTA PODREDUMBRE?
Fácil, ser más listo que ellos (más fácil todavía), copiar el artículo de Ussía y cambiar cuando hace referencia a lo catalán por español y hacer lo mismo con Gaudí por Goya.  Concretando, españolizar el artículo…

NOTA: Ussía habla de “película premiada” cuando se entregarán el 3 de febrero. He respetado su senil artículo incluso en eso (errores en conjugación de verbos también son del sr. decrépito)

ESTE HOMBRE CON LA CARA YA PAGA…




“EL GOYA”

Todo aquel que a pesar de las dificultades, afirme que España es un país aburrido y sin imaginación, se equivoca de cabo a rabo. Amortizamos las identidades de nuestros genios en fruslerías. En Barcelona se conceden los premios «Gaudi» de cine. Nada tiene que ver con el cine, y menos con el catalán, el prodigio de Reus. Y en Madrid han instituido otro premio de cine con el nombre de Goya. Más o menos como si el premio que se le adjudica al segundo mejor futbolista de la Liga Nacional de Fútbol se denomina «Alfonso del Real». 


Goya fue un genial pintor amparado por la familia Real cuyos conocimientos cinematográficos forman parte de su enigma. Era más un pintor para fuera que para dentro. Conozco a una familia que cuando vieron «Los Capricho» de Goya,  todavía no se han repuesto sus componentes de aquel permanente susto.

No obstante, nadie pone en duda la genialidad y grandeza de Goya. Los hechos del 2 y 3 de Mayo, son con toda seguridad los cuadros más vistos y admirados de Madrid. Y las pinturas negras y los desastres de la guerra y demás prodigios singulares e inimitables, porque los genios nunca son superados por sus imitadores. Sólo Charlot. En París se organizó un concurso de imitadores de Charlot, y a Charles Chaplin le divirtió la idea. Se apuntó con un nombre falso, actuó y quedó el tercero. Hubo un par de charlots que lo hacían mejor que el propio Charlot. Lo más absurdo, volviendo a Goya, de su vida fue su muerte. Falleció por la secuelas de una caída por la escaleras, que es una manera muy extravagante de dejar este mundo.

El Premio Goya de Cine homenajea y distingue a la mejor película rodada en español. Y la cinta premiada este año ha sido «Blancanieves», de Pablo Berger, protagonizada por Maribel Verdú.

Excepto el nombre del premio, que sigue pareciéndome excesivo para galardonar una película, el resto se me antoja plenamente justo y normal, salvo en un detalle. Que la película es muda. Se premia a la mejor película rodada en español a una cinta muda, en la que Blancanieves no dice ni mú, y con toda probabilidad tampoco los enanitos y la bruja malvada, que ignoro si aparecen en escena porque no he tenido tiempo de asistir a su proyección.

Como apuntarse a un curso de inglés acelerado en una academia de idiomas y descubrir que el profesor es un mudo que se mueve muy aprisa por el aula.

Me alivian los contrasentidos. Creo que los miembros del jurado del Premio Goya han demostrado un elevadísimo sentido del humor con su decisión final, pero sospecho que poco o nada habrá satisfecho a los defensores a ultranza de la lengua española como única en España. Que la mejor película en español sea muda sugiere surrealismo, pero no lógica ni normalidad lingüística.

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Todo aquel que a pesar de las dificultades, afirme que España es un país aburrido y sin imaginación, se equivoca de cabo a rabo. Amortizamos las identidades de nuestros genios en fruslerías. En Madrid se conceden los premios «Goya» de cine. Nada tiene que ver con el cine, y menos con el español, el prodigio de Fuendetodos. Y en Barcelona han instituido otro premio de cine con el nombre de Gaudí. Más o menos como si el premio que se le adjudica al mejor futbolista de la Liga Nacional de Fútbol se denomina «Calderón de la Barca». Gaudí fue un genial arquitecto amparado por la familia Güell cuyos conocimientos cinematográficos forman parte de su enigma. Era más un arquitecto para fuera que para dentro. Conozco a una familia de Comillas que alquiló el «Capricho» de Gaudí, decenios atrás, para pasar el verano, y todavía no se han repuesto sus componentes de aquel permanente susto estival. Y el Palacio Arzobispal de Astorga guarda secretos inconfesables de prelados, que a los dos años de vivir en sus aposentos, se movían a gatas y maullando por los pasillos influidos por efímeros episodios de chifladura y demencia. Alfonso XIII tenía programada una visita oficial a Barcelona. El Presidente del Consejo, Eduardo Dato, supo de movimientos anarquistas que preparaban en la Ciudad Condal un atentado contra el Rey. Y así se lo hizo saber: –Señor, hay que suspender el viaje a Barcelona por razones de seguridad relacionadas con grupos anarquistas–. Y el Rey no dio su brazo a torcer. –Voy a Barcelona porque me he comprometido y es mi deber. Además, temo más a Gaudí que a los anarquistas–.



No obstante, nadie pone en duda la genialidad y grandeza de Gaudí. La Sagrada Familia, su mayúscula obra inconclusa, es con toda seguridad el monumento arquitectónico más visitado y admirado de Barcelona. Y la Casa Milá, y el Parque Güell y demás prodigios singulares e inimitables, porque los genios nunca son superados por sus imitadores. Sólo Charlot. En París se organizó un concurso de imitadores de Charlot, y a Charles Chaplin le divirtió la idea. Se apuntó con un nombre falso, actuó y quedó el tercero. Hubo un par de charlots que lo hacían mejor que el propio Charlot. Lo más absurdo, volviendo a Gaudí, de su vida fue su muerte. Falleció atropellado por un tranvía, que es una manera muy extravagante de dejar este mundo.

El Premio Gaudí de Cine homenajea y distingue a la mejor película rodada en catalán. Y la cinta premiada este año ha sido «Blancanieves», de Pablo Berger, protagonizada por Maribel Verdú. Excepto el nombre del premio, que sigue pareciéndome excesivo para galardonar una película, el resto se me antoja plenamente justo y normal, salvo en un detalle. Que la película es muda. Se premia a la mejor película rodada en catalán a una cinta muda, en la que Blancanieves no dice ni mú, y con toda probabilidad tampoco los enanitos y la bruja malvada, que ignoro si aparecen en escena porque no he tenido tiempo de asistir a su proyección. Como apuntarse a un curso de inglés acelerado en una academia de idiomas y descubrir que el profesor es un mudo que se mueve muy aprisa por el aula. Me alivian los contrasentidos. Creo que los miembros del jurado del Premio Gaudí han demostrado un elevadísimo sentido del humor con su decisión final, pero sospecho que poco o nada habrá satisfecho a los defensores a ultranza de la lengua catalana como única en Cataluña. Que la mejor película en catalán sea muda sugiere surrealismo, pero no lógica ni normalidad lingüística.

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